¿Es normal Milei?

Se repite casi como un mantra que vivimos en tiempos convulsionados, donde el cambio tecnológico y cultural es tan acelerado que no somos conscientes de lo que nos toca. Este comentario, tan cliché en los últimos dos siglos y medio, guarda una gran similitud con la realidad, aunque a veces el nivel de cambio es más explícito y por ende visible. En el caso de la sociedad argentina, no quedan dudas de que todo está cambiando a pasos agigantados, pero el cisma socio-político que graficó la llegada a la presidencia de Javier Milei y su primer año en el poder genera la sensación de una aceleración de la velocidad del cambio. Y quizás sea una ilusión, de la misma manera que era inimaginable hace tan solo 24 meses que un personaje como Milei gane las elecciones del 2023, también parecían altamente improbables otros tantos sucesos recientes a los cuales ya nos acostumbramos. Eso no quiere decir que Milei y su excentricidad no merezcan un análisis más detallado, como que al mismo tiempo la velocidad en la cual está cambiando el ecosistema social en el que vivimos se siga incrementando.

¿Es Milei un político más o merece una categorización distinta? Parecería que el consenso indica que el “fenómeno Milei” representa algo distinto que no puede ser interpretado con las mismas herramientas cognitivas que utilizamos para Cristina Fernández de Kirchner y Mauricio Macri. Milei es un outsider que prometió ajuste vía motosierra, ganó sin estructura partidaria ni capilaridad geográfica, y finalmente ha logrado imponer su voluntad política a pesar de no contar con experiencia, equipo ni suficientes legisladores. Mantiene su popularidad en el contexto de una terrible crisis de consumo y un fuerte incremento en el precio de las tarifas. Su vulgaridad junto con las peculiaridades de su personalidad—incluyendo la relación con su hermana Karina y sus amados “hijitos de cuatro patas”—no hacen más que potenciar su figura, que ha logrado proyección internacional al asociarse a otros líderes “populistas de derecha” como Donald Trump y Georgia Meloni.

Pero a la vez, se comporta como un político más en tantos otros frentes. Es hipócrita y mentiroso, especialmente cuando se llena la boca hablando de terminar con la “casta”, la cual está presente a través de toda su estructura de gobierno. Habla de terminar con los negociados de la política y se dedica a tejer alianzas con gobernadores y legisladores en base al toma y daca de puestos y otro tipo de favores. Utiliza los servicios de inteligencia para espiar y amedrentar, mientras que usa la pauta publicitaria oficial para otorgar premios y castigos al periodismo para tratar de domesticarlo. Se posiciona en la cima de su estructura política y exige lealtad a ciegas para pertenecer, mientras que al que tenga la osadía de disentir lo excomulga y luego escracha, en este caso a través de las redes sociales. Podríamos seguir enumerando ejemplos.

Esto ya lo vimos. El kirchnerismo es probablemente el ejemplo más cercano en el cual vimos a una líder mesiánica con tendencias cada vez más autoritarias. Durante el macrismo se hablaba de “kirchnerismo de buenos modales” donde se repitieron muchos de los “vicios de la casta”, aunque no tenía tendencias autoritarias, algo que podría extenderse en las formas—pero no la ideología—a Alberto Fernández, en su caso dominado por el kirchnerismo. Y quizás lo que vemos ahora podría llamarse “kirchnerismo de malos modales”, o directamente mileismo.

Es posible que Milei y sus libertarios anarco-capitalistas estén inaugurando una nueva era desde lo sociológico, como también que marquen el final de la “era de la grieta” como argumenta Jorge Fontevecchia. Para eso, es fundamental poner en contexto el fenómeno y, a mi entender, reconocer que, aunque tiene rasgos distintos, es parte de una continuidad socio-política argentina. De la misma manera, es elemental defender el pensamiento crítico y la necesidad de cuestionar a los que ostentan el poder, especialmente cuando buscan abusar del mandato que les dio el pueblo. Desde Perfil asumimos ese compromiso histórico, comprendiendo que el rol de “perro guardián” que deriva del “watchdog journalism” de los medios de EE.UU. es el que mejor representa al periodismo, y en el que nos vemos reflejados.

Te invitamos a que nos acompañes en esta aventura. Y, como decía el Chapulín Colorado, ¡que no panda el cunico!



Autor:Agustino Fontevecchia - Vicepresidente Editorial P

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